martes, 27 de abril de 2010

Querido viajante


Muchas veces me he preguntado por qué me gusta tanto todo lo extranjero. Supongo que es porque siempre he tenido una predilección por lo que no puedo conseguir de manera inmediata. Pero me parece que esta enfermedad mía no se limita a eso, sino que va más allá.

La necesidad de salir, de conocer y experimentar no me deja vivir tranquila, por eso cada año me receto un viajecito para calmar el vicio.

Hace unos tres años tuve la ocasión de salir de España para ir a Inglaterra a pasar un mes con una familia local, a quienes no conocía de nada. Pasé por cosas que no podría haber vivido de ninguna otra manera y me ayudó a darme cuenta que el mundo real existe tras la cortina parental y la excusa de los estudios. Bueno en realidad, de esto último cuesta más librarse.

Tras aquel verano, en el que aprendí que el mejor inglés no se consigue con los libros, las ganas de conocer los EEUU no hicieron más que aumentar cada día. Por lo que finalmente, tras mucho ahorrar conseguí hacerme con unos billetes para Boston. Aquel verano fue uno de los mejores de mi vida. Conocer personas, con tantos puntos de vista diferentes al tuyo; calles, increíbles paseos por los jardines de Harvard, carreras matinales junto al rio Charles. Conseguí que me llevarán a Washington DC, como no. Cuanto contraste en una pequeñísima parte de este increíble país. Y, por supuesto, la siempre fantástica Nueva York.
Ha pasado un tiempo desde entonces, pero ahora, con un acento marcadamente americano, me muero por volver. He ido a otros sitios después, pero ninguno me ha enamorado como NY. No por su rica arquitectura, o por su gran gastronomía, pero el encanto cosmopolita no se lo quitará nunca la historia. Una ciudad donde en cada esquina puedes sorprenderte.

De todos modos, he aprendido a valorar cada momento, no importa dónde o con quién esté. Una semana en París con mi madre lo ratifica. Abrumados por la grandiosidad de la capital francesa, miles de turistas caminan afanados por las calles, en busca de grandes fotografías y las mejores gangas en souvenirs; mientras que sólo unos pocos afortunados se paran y observan.

Me he dado cuenta de que solemos perdernos los detalles que la vida nos ofrece en pos de la búsqueda de las grandes visiones, las grandes verdades, la gran felicidad. Estos detalles son los que hacen que podamos levantarnos con ilusión cada mañana.
Poder pasear por los patios del Louvre mientras escucho un chelo de fondo, unas notas que me transportan a otro mundo, muy lejano, mucho tiempo atrás. Una melodía que me emocionó, que arrancó los aplausos de unos pocos. De tan pocos. ¿Y todo por qué? ¿Por unas monedas? No. Por ilusión. Puede que solo fuéramos unos pocos, pero fuimos los suficientes para dar sentido a lo que aquel hombre estaba haciendo. Magia.
Por eso, amigos viajantes, no nos distraigamos, seamos curiosos, aprendamos, disfrutemos. Apreciemos las cosas que tenemos delante y no nos ceguemos por las grandes visiones.
La vida es así, y así es como nos conoceremos a nosotros mismos.

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